Los Defensores

El gran desafío del deporte dominicano: ¿qué hacemos con nuestros campeones?

Canpeones


En Barcelona, durante los Juegos Olímpicos de 1992, el mundo quedó fascinado con el Dream Team estadounidense. Michael Jordan, Magic Johnson, Larry Bird y las demás estrellas de la NBA convirtieron aquella selección en uno de los mayores espectáculos deportivos de la historia. Mientras tanto, la ciudad aprovechaba los Juegos para hacer algo mucho más trascendente: transformar su relación con el mar, renovar espacios urbanos, mejorar su infraestructura y proyectarse internacionalmente.

Los Juegos terminaron, pero la transformación permaneció. Barcelona entendió que un acontecimiento deportivo podía ser mucho más que una competencia: podía convertirse en una inversión de largo plazo para la ciudad y en una poderosa herramienta de posicionamiento internacional.

Esa es la parte de la historia que nos interesa. No cuánto costaron los Juegos ni cuántas medallas se entregaron, sino qué hizo Barcelona con la oportunidad.

La pregunta para nosotros es inevitable: ¿qué hacemos con el valor que producen nuestros campeones cuando termina la competencia?

La interrogante adquiere especial importancia en un país que ha producido atletas capaces de conquistar los escenarios más exigentes del deporte mundial. Félix Sánchez lo hizo. Marileidy Paulino lo está haciendo. Las Reinas del Caribe han construido durante años una identidad reconocible dentro y fuera del país, mientras nuestros peloteros se han convertido en protagonistas de las Grandes Ligas.

Sin embargo, con demasiada frecuencia sus triunfos terminan reducidos a la medalla, al homenaje y a la fotografía del momento. Celebramos al campeón, pero pocas veces construimos alrededor de él una plataforma capaz de prolongar su valor deportivo, económico, cultural y social.

Ahí comienza la tragedia de nuestros campeones.

No se trata de falta de talento, sino de la dificultad para convertir ese talento en patrimonio.

El problema, por tanto, no está solamente en cuánto invertimos en deporte, sino en la manera en que entendemos lo que el deporte puede producir. Mientras otros países utilizan sus grandes acontecimientos y sus figuras deportivas para desarrollar industrias, destinos turísticos, academias, marcas y nuevas oportunidades, nosotros seguimos administrando buena parte de nuestros éxitos como acontecimientos aislados.

Cuando la gloria termina en la medalla

En el deporte dominicano hemos desarrollado una extraordinaria capacidad para celebrar el éxito, pero todavía no hemos desarrollado con la misma intensidad la capacidad de administrarlo.

Félix Sánchez representa una de las mejores ilustraciones de esa paradoja. Sus dos títulos olímpicos, sus campeonatos mundiales y los años en que dominó los 400 metros con vallas lo convirtieron en una de las grandes figuras del atletismo internacional. Sin embargo, su extraordinaria trayectoria no terminó generando una industria significativa alrededor de su nombre.

Su carrera pudo haber servido como punto de partida para desarrollar productos deportivos, una academia internacional de atletismo, programas de formación especializada o incluso una oferta vinculada al turismo deportivo. No se trata de afirmar que nada de eso existió, sino de reconocer que el país no logró convertir su figura en una plataforma de alcance comparable con la dimensión de sus logros.

Su carrera dejó gloria y reconocimiento, pero mucho menos patrimonio del que pudo haber generado.

Con Marileidy Paulino existe ahora una oportunidad todavía mayor. Su dimensión deportiva, su exposición internacional y la potencia de su historia personal le otorgan un valor que trasciende los resultados que consiga en cada competencia. Precisamente por encontrarse en la etapa más alta de su carrera es cuando debería existir una estrategia capaz de construir una marca que pueda acompañarla durante décadas, incluso después de abandonar las pistas.

Una carrera deportiva tiene necesariamente un final. Una marca bien construida puede sobrevivirla.

La diferencia entre ambas cosas es fundamental.

Las Reinas del Caribe y el valor que todavía no hemos convertido

El voleibol ofrece otro caso revelador. Las Reinas del Caribe han logrado algo que muchas instituciones deportivas persiguen durante años: construir reconocimiento, identidad y una relación emocional con el público. Ese capital simbólico, sin embargo, todavía no se ha convertido proporcionalmente en una industria.

La pregunta no debería limitarse a cuántas medallas ha ganado el equipo. También habría que preguntarse cuánto valor económico puede producir una marca con semejante reconocimiento. Licencias, indumentaria, productos para aficionados, contenidos audiovisuales, experiencias para turistas, academias y una estructura profesional de competencia podrían formar parte de un ecosistema mucho más amplio.

El problema no es que las Reinas del Caribe carezcan de una marca, sino que todavía no hemos aprendido a convertir esa marca en una plataforma económica y cultural de largo alcance.

El béisbol y la paradoja del talento

El béisbol lleva la contradicción a otra escala. Durante décadas, el país se ha convertido en una de las principales fuentes internacionales de talento para las Grandes Ligas. Jóvenes dominicanos llegan a Estados Unidos, construyen carreras exitosas y pasan a formar parte de una de las industrias deportivas más poderosas del planeta.

Pero mientras los jugadores desarrollan individualmente ese valor, la estructura nacional continúa fragmentada.

La selección necesita una estrategia permanente que vaya mucho más allá de la convocatoria para un torneo determinado. La relación con los jugadores de la diáspora, la comunicación, la formación, la identidad visual, los derechos comerciales y la promoción internacional deberían formar parte de una misma plataforma.

La paradoja resulta evidente: exportamos talento de clase mundial, pero todavía no hemos construido una industria nacional capaz de aprovechar plenamente el valor que ese talento genera.

El deporte como una extensión del turismo

Aquí aparece una oportunidad especialmente importante.

Un país cuya economía depende en gran medida del turismo no debería mirar el deporte como una actividad separada de su estrategia de desarrollo. Los grandes acontecimientos deportivos pueden generar ocupación hotelera, consumo, movilidad, contenidos, exposición internacional e inversión. Pero para conseguirlo hace falta pensar antes del evento en lo que sucederá después.

Los Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026 ofrecen precisamente esa posibilidad. La inversión anunciada para su infraestructura deportiva representa una oportunidad que debería medirse no solo por la calidad de las instalaciones construidas, sino por su capacidad de permanecer al servicio del país una vez concluida la competencia.

La discusión, por tanto, no debería agotarse en cuánto cuesta organizar los Juegos. La verdadera pregunta es qué ocurrirá cuando termine la última competencia y qué habrá quedado sembrado en la sociedad.

Una de las mayores oportunidades de este tipo de acontecimientos es su vínculo con la educación. Los Juegos deberían entrar a las escuelas antes, durante y después de la competencia. Miles de estudiantes podrían conocer las diferentes disciplinas, asistir a las competencias, descubrir nuevos referentes y encontrar en esos atletas una motivación para practicar un deporte. Una política de esta naturaleza no solo llenaría las gradas: podría ayudar a despertar vocaciones deportivas en una generación entera.

Cuando las instalaciones deportivas se construyen sin una conexión permanente con las escuelas y las universidades, se pierde una parte esencial de su propósito. El estadio puede permanecer en pie, pero la oportunidad educativa desaparece.

Por eso, si las instalaciones quedan aisladas del sistema educativo, si no existe un programa permanente de formación deportiva, si no se integran a circuitos de turismo y si no se garantiza su mantenimiento, buena parte del valor de la inversión podría perderse con el cierre de los Juegos.

Barcelona entendió algo que todavía nos cuesta asumir: una infraestructura deportiva no debe pensarse únicamente para el evento que la inaugura. Debe formar parte de la ciudad que continuará utilizándola cuando el evento haya terminado.

La gran oportunidad de Santo Domingo no está únicamente en organizar unos buenos Juegos, sino en conseguir que ese acontecimiento deje una estructura deportiva, educativa, turística y urbana capaz de seguir funcionando después de 2026.

El patrocinio no puede seguir siendo un favor

El sector privado también tiene una responsabilidad en este modelo.

Durante demasiado tiempo, el patrocinio deportivo se ha manejado como una operación puntual: una empresa aporta recursos, coloca su identidad junto al atleta o al equipo y obtiene visibilidad. En algunos casos, además, encuentra beneficios fiscales.

Pero el patrocinio contemporáneo debería funcionar de otra manera. Una empresa que invierte en deporte puede contribuir a construir relaciones de largo plazo con el público, desarrollar productos y contenidos, fortalecer la identidad de un atleta o una selección y participar en la creación de oportunidades que trasciendan la competencia.

El atleta tampoco debería ser tratado como un receptor pasivo de ayuda. Su imagen, su historia, su conocimiento y su capacidad de influencia constituyen activos que pueden generar valor mucho más allá de los años de competencia.

La responsabilidad del sector privado debería consistir en ayudar a desarrollar ese valor y, al mismo tiempo, preparar al deportista para la etapa posterior a su carrera.

Porque el problema no comienza cuando el atleta se retira. Comienza mucho antes, cuando nadie se ha ocupado de preparar el día después.

El verdadero legado

Cambiar esta realidad no significa simplemente aumentar los presupuestos destinados al deporte. Significa modificar la manera en que entendemos su valor. Una inversión deportiva debería evaluarse no solo por las instalaciones que construye o por la cantidad de competencias que permite organizar, sino también por su capacidad para generar educación, actividad económica, turismo, identidad y oportunidades para quienes vienen detrás.

Eso exige una articulación que hoy todavía resulta insuficiente. El Estado, las federaciones, las empresas, las escuelas, las universidades y el sector turístico no pueden continuar trabajando como compartimentos separados. El deporte necesita formar parte de una conversación más amplia sobre desarrollo, y los grandes acontecimientos deportivos deberían concebirse desde el principio pensando en lo que dejarán después de la ceremonia de clausura.

Lo mismo ocurre con los atletas. Cuando un deportista alcanza una dimensión internacional, su valor no debería medirse exclusivamente por las medallas que consigue. También representa una historia, una identidad y una posibilidad de conexión con millones de personas. Desarrollar ese patrimonio requiere planificación, profesionales especializados y una visión que contemple tanto los años de competencia como la vida que comienza cuando la competencia termina.

Pero existe una responsabilidad todavía mayor: utilizar esas historias para inspirar a quienes vienen detrás. Un niño que ve competir a un campeón puede descubrir una vocación. Una escuela que recibe a un atleta puede transformar esa admiración en disciplina. Una instalación deportiva que permanece activa después de unos Juegos puede convertirse en el lugar donde aparezca el próximo Félix Sánchez, la próxima Marileidy Paulino o la próxima generación de las Reinas del Caribe.

Ese es, en definitiva, el punto central de esta reflexión. El país ha demostrado que puede producir campeones. Lo que todavía no ha demostrado es que sabe convertir sistemáticamente esos campeones en patrimonio y, al mismo tiempo, utilizar ese patrimonio para formar a los que vendrán.

Félix Sánchez no debería ser solamente el recuerdo de dos medallas olímpicas. Las Reinas del Caribe no deberían limitarse a ser el nombre de una selección exitosa. Marileidy Paulino no debería ser valorada únicamente por el próximo resultado que consiga en una pista. Cada una de esas historias representa una oportunidad que puede trascender la competencia y convertirse en conocimiento, formación, identidad, actividad económica y legado.

La tragedia no está en que los campeones se retiren. Eso forma parte de la naturaleza del deporte. La tragedia está en que, cuando se retiran, descubramos que alrededor de sus carreras no construimos nada que pudiera sobrevivirlas.

Quizás por eso el verdadero desafío del deporte dominicano no sea ganar más medallas, sino aprender qué hacer con ellas cuando las luces se apagan y, sobre todo, qué sembrar mientras permanecen encendidas.

Porque un campeón no debería desaparecer cuando termina su carrera.

Debería comenzar entonces su verdadero legado.

Manuel Martínez,.Profesor universitario y Magíster en Comunicación Visual