Los Defensores

𝐄𝐥 𝐟𝐫𝐚𝐜𝐚𝐬𝐨 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐟𝐮𝐞𝐫𝐳𝐚: 𝐝𝐞 𝐁𝐨𝐬𝐜𝐡 𝐚 𝐓𝐫𝐮𝐦𝐩

Juan Bosh y Trump


Por Ramon Santana

Hay textos que no pertenecen únicamente a su tiempo, sino que se proyectan como herramientas permanentes para interpretar la historia. Uno de ellos es “La debilidad de la fuerza”, de Juan Bosch, publicado en el periódico Patria (Santo Domingo) el 28 de julio de 1965. La fecha no es un dato menor: este escrito surge apenas semanas después de la intervención militar de los Estados Unidos en la Revolución de abril, lo que indica que no fue una reacción impulsiva, sino el resultado de una reflexión profunda, madura y situada en el calor mismo de los acontecimientos.

Bosch no escribe desde la distancia académica ni desde la especulación teórica; escribe desde la experiencia histórica vivida, desde la comprensión de un proceso revolucionario en desarrollo y, sobre todo, desde la lucidez de quien supo identificar el error esencial de la política estadounidense: la creencia de que la fuerza militar podía sustituir la inteligencia política y el entendimiento de las realidades sociales.

En ese texto, Bosch no se limita a denunciar una intervención; formula una tesis de alcance universal: la fuerza, cuando pretende imponerse sobre procesos históricos arraigados en las sociedades, no solo fracasa, sino que produce efectos contrarios a los que busca. Esa idea, concebida en el contexto dominicano de 1965, trasciende su momento y se convierte en una clave interpretativa para comprender muchas de las decisiones de política exterior de los Estados Unidos hasta nuestros días.

Hoy, más de medio siglo después, esa reflexión cobra una vigencia inquietante. Las tensiones actuales en escenarios como Cuba, Venezuela e Irán parecen reproducir, con distintos matices, el mismo patrón que Bosch describió con precisión: el recurso reiterado a la presión, la sanción y la fuerza como instrumentos centrales de control, en detrimento de una comprensión más profunda de los procesos históricos, sociales y políticos en juego.

Durante décadas, la política exterior de los Estados Unidos ha estado marcada por una peligrosa ilusión: creer que la fuerza militar puede sustituir la inteligencia histórica.

Lo que ocurrió en Santo Domingo en 1965 no fue un hecho aislado, sino la manifestación de una lógica que se ha repetido sistemáticamente. Washington creyó entonces que podía “embotellar” una revolución como si se tratara de un problema aritmético: tantos hombres, tantas armas, tanto control. Pero Bosch fue categórico: “...una revolución no se mide en números, sino en conciencia, en historia y en voluntad.”

Sesenta años después, el mismo error se repite. Hoy, bajo el liderazgo de Donald Trump, Estados Unidos vuelve a operar bajo la lógica de la fuerza como instrumento central de política internacional. Lo vemos en la asfixia económica contra Cuba, en las sanciones contra Venezuela y ahora en la peligrosa escalada hacia un conflicto con Irán.

La premisa es la misma de 1965: presionar, cercar, golpear, doblegar. Pero la historia ha demostrado, una y otra vez, que esa premisa es falsa. Estados Unidos ha bloqueado a Cuba por más de seis décadas. ¿Ha logrado destruir la Revolución? No. Ha sancionado a Irán durante décadas. ¿Ha logrado someter su proyecto político? Tampoco. Ha intervenido directa o indirectamente en múltiples países. ¿Ha producido estabilidad duradera? Mucho menos.

Bosch lo explicó mejor que nadie: “…la fuerza es eficaz cuando se enfrenta a la fuerza, pero fracasa cuando se enfrenta a procesos históricos.” Y eso es precisamente lo que Washington parece incapaz de comprender.

Ni Cuba, ni Venezuela, ni Irán son simplemente “objetivos estratégicos”. Son realidades históricas, sociales y políticas con profundas raíces nacionales. Intentar doblegarlas mediante presión externa no sólo es ineficaz: es contraproducente.

Pero hay algo aún más peligroso. Cuando la fuerza se usa para aplastar procesos legítimos, no elimina el problema: lo transforma. Y Bosch lo advirtió con una claridad casi profética: “...cuando el nacionalismo es reprimido, se convierte en un fermento radical.”

Eso fue cierto en América Latina en los años 60. Y sigue siendo cierto hoy. Cada sanción, cada amenaza, cada intervención no debilita necesariamente a los Estados atacados; muchas veces fortalece su cohesión interna, radicaliza sus posiciones y amplifica el conflicto.

Pero el error no es solo moral o político. Es estratégico. Hoy, en un mundo interdependiente, las decisiones de fuerza generan efectos de retorno. La presión sobre países energéticos contribuye a la inestabilidad global, afecta mercados, eleva precios y termina impactando incluso a quienes intentan imponer la presión.

Es el mismo error de siempre: creer que el poder es unilateral en un mundo que ya no lo es. La mayor lección de Bosch sigue intacta: “…la fuerza nunca es tan fuerte como creen quienes la usan.” Y la historia demuestra que cuando un poder se aferra a la fuerza como única herramienta, no está mostrando fortaleza, sino debilidad. Debilidad para entender. Debilidad para negociar. Debilidad para interpretar el momento histórico.

Desde Santo Domingo en 1965 hasta el Medio Oriente en la actualidad, la arrogancia de la fuerza ha producido el mismo resultado: más conflicto, más resistencia y menos control real.

La pregunta no es si esta política fracasará. La pregunta es:

¿Cuántas veces más deberá repetirse el mismo error antes de que se comprenda que la historia no se domina con cañones, ni con la moderna IA aunque parezca mentira?